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martes, 6 de septiembre de 2011

LA CAVERNA

(Adaptación del diálogo platónico del Libro VII de la República, para estudiantes de Bachillerato)
Decorado:
El escenario está dividido en tres partes:
1. A la derecha hay una clase con un profesor/a y cuatro alumnos con sus mesas correspondientes
2. A la izquierda hay una grada donde se sitúan Sócrates, en un lugar superior, y Glaucón, en la parte inferior.
3. El centro está ocupado por la caverna, hay una pantalla donde se reflejarán las sombras, los prisioneros convenientemente ataviados y con sus cadenas, y un tabiquillo, al modo descrito en el diálogo platónico, detrás del cual hay una luz que simula el fuego, hecha con un cañón unido a un ordenador desde el que se proyectarán las sombras y nuestra aportación con imágenes de la actualidad.



PARTE 1ª: CLASE SOBRE PLATÓN

Se ilumina la zona del aula.
La profesora o profesor espera la entrada de los alumnos; éstos entran hablando entre ellos, se sientan y, por fin, se callan ante la mirada inquisitiva de aquélla. Antes han intercambiado algunos saludos. Empieza la clase.

Profesora:
Como decíamos ayer, la teoría de las Ideas es la aportación más original de la filosofía platónica. En ella se distinguen dos niveles o grados de realidad, dos mundos: el llamado mundo inteligible o mundo de las Ideas y el mundo sensible, visible o físico; el mundo que percibimos a través de los sentidos.

El mundo inteligible es el nivel superior de la realidad, es el mundo auténticamente real; se trata de un mundo de realidades abstractas, eternas, perfectas, inmutables e inmateriales y sólo podemos acceder a ellas por medio de nuestra inteligencia. ¿Recordáis alguna de estas Ideas?

Los alumnos levantan la mano.

Alumno: el amor perfecto.
Alumna: la belleza absoluta.
Alumno: la auténtica justicia,
Alumno: la verdadera amistad.



Profesora: Muy bien. Platón pensaba que por medio del estudio de la filosofía y del cultivo de nuestras virtudes, es decir, desarrollando lo mejor de nosotros mismos, podríamos llegar a vislumbrar estos modelos perfectos y después intentar que nuestra realidad se aproximara lo más posible a ellos. El método empleado sería el diálogo, la dialéctica; un grupo de investigadores honestos intentando descubrir por medio de sus argumentaciones en qué consiste un Estado justo, armonioso, en paz; cómo es un amor correcto, cómo podemos lograr una amistad verdadera.

El filósofo ateniense pensaba que esta investigación era, metafóricamente, un ascenso, una elevación desde nuestra realidad cotidiana y que, una vez conseguido con mucho esfuerzo por nuestra parte, podríamos distinguir en nuestro mundo imperfecto y perecedero qué realidades se aproximan a los modelos perfectos y cuáles, por el contrario, estarían totalmente alejadas.
¿Alguien puede poner un ejemplo?

Alumno:
Podríamos saber si un Estado es justo cuando hay armonía entre sus miembros, si hay igualdad de oportunidades para todos, si hay un reparto razonable de la riqueza; y que no lo es cuando reina la tiranía y la represión, el abuso y los privilegios de unos pocos.

Profesora:
Muy bien, veo que lo vais entendiendo. Platón nos habló de todo esto por medio de un mito, “El Mito de la Caverna”. Vamos a realizar un ejercicio de imaginación para tratar de entenderlo. En el “Libro VII” de la República, Sócrates, el habitual protagonista de sus diálogos, le explicaba lo siguiente a Glaucón:

A partir de ahora la escena queda inmóvil, alumnos y profesor/a se comportan como si fueran estatuas, y la iluminación cambia hacia la parte del escenario donde están Sócrates y Platón.



PARTE 2ª: EL MITO DE LA CAVERNA


Empieza el diálogo entre Sócrates y Glaucón; conforme avanza la explicación, Sócrates va señalando los diferentes elementos de la descripción de la caverna.

Sócrates: Escúchame con atención, Glaucón, y compara con la siguiente escena el estado en que se halla nuestra naturaleza con respecto a la educación o a la falta de ella y ten siempre presente que con “educación” me refiero no sólo al cultivo de la teoría sino también a nuestra realización como personas íntegras y honestas, al desarrollo de lo mejor que hay en nosotros.

Glaucón: Procuraré no olvidarlo.

Sócrates: Imagina una caverna subterránea provista de una larga entrada abierta a la luz. Al fondo de ella hay unos hombres y mujeres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tienen que estar quietos y sólo pueden mirar hacia delante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza.

Glaucón: Ya lo veo.

Sócrates: Detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en el plano superior y, entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y allí una especie de mampara como las que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

Glaucón: Si no me equivoco, nuestra cueva se convertiría entonces en un espectáculo de marionetas, pues la luz del fuego haría que se proyectasen sombras sobre el fondo de la caverna.

Sócrates: Exacto; imagina unos hombres que transportan toda clase de objetos hechos con todas las clases de materias.

Glaucón: ¡Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros!

Sócrates: Iguales que nosotros; los encadenados representan a la mayoría de la humanidad, prisionera de su ignorancia, de la costumbre y de los prejuicios de siempre.

Glaucón: ¿Quieres decir que somos todos unos ignorantes?

Sócrates: Algo así, no hay duda de que los prisioneros no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos que ven reflejadas en la pared del fondo. Y la ignorancia consiste precisamente en eso, en tomar por real lo que tan sólo es una copia de lo real, en creer que se sabe cuando en realidad no se sabe.

Glaucón: Ya comprendo.

Sócrates: Examina qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia.

Glaucón: ¿Has dicho curados? ¿Es acaso la ignorancia una clase de enfermedad?

Sócrates: Eso creo. Si cada uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando al hacer todo esto sintiera dolor ¿Qué crees que le ocurriría?
Glaucón: imagino que se sentiría ofuscado y perplejo y que pensaría que lo que antes había contemplado era más real que lo que ahora se le mostraba.

Sócrates: Y si los ayudáramos a escapar, llevándolos por la áspera y escarpada subida hasta que pudieran ver la luz del sol, ¿no crees que tendrían los ojos tan llenos de ella que no serían capaces de ver ni una sola de las cosas que ahora llamamos verdaderas?

Glaucón: No serían capaces, al menos por el momento.

Sócrates: Necesitarían acostumbrarse; primero verían las sombras, luego las imágenes de hombres y de otros objetos reflejadas en las aguas y, más tarde, los objetos mismos. Después de esto, les sería más fácil contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna.

Glaucón: ¿Sería entonces la noche el fin de nuestro viaje?

Sócrates: No, amigo Glaucón, lo último sería el Sol, el propio Sol en su propio dominio lo que ellos estarían en condiciones de mirar y contemplar. Y comprenderían que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible y, es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

Glaucón: ¿Y qué pasaría si volvieran a su anterior habitación?

Sócrates: Se les llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbitamente la luz del sol y desatarían la risa de los otros prisioneros, la risa de los ignorantes que desprecian y se burlan de los que han hallado una verdad superior. La intolerancia que nace de la ignorancia y el miedo.

Glaucón: ¿Y cuál es esa verdad, querido maestro?

Sócrates: Compara la región revelada por medio de la vista con la vivienda prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, representa la ascensión del alma hasta la región inteligible. Una vez allí, lo último que se percibe y con trabajo es la Idea del Bien. Y ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que en el mundo visible ha engendrado la luz y, en el inteligible, es ella productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

Glaucón: Si no te he entendido mal, ninguno de estos prisioneros querrá volver al mundo de las miserias humanas después de estas contemplaciones divinas.

Sócrates: Te equivocas, Glaucón, pues después de esta ascensión se convertirán en hombres justos a quienes ordenaremos cosas justas. Les persuadiremos con palabras razonables a que se cuiden de los demás y los protejan. Tendrán que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás, verán infinitamente mejor que los de allí y conocerán lo que es cada sombra y de lo que es; porque habrán visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así, la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera un gran bien.

Glaucón: ¿Y no crees que usarán sus conocimientos para obtener más riquezas?

Sócrates: No, al contrario, llegados al oficio de gobernantes, no se limitarán al mero ejercicio del poder y a la búsqueda de honores y riquezas, vanas sombras del verdadero bien; tendremos una ciudad bien gobernada, pues será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa.

PARTE 3ª: LA CAVERNA DE HOY

Nos centramos ahora en el aula en la que el grupo ha permanecido completamente inmóvil y en penumbra. Se ilumina la escena.

Alumno: ¿Y cómo podríamos aplicar estas ideas a nuestro mundo, cuáles serían esas vanas sombras alejadas de la verdadera realidad?
Profesora: pensad un momento en las miserias que nos rodean.


Vuelve a cambiar la iluminación.
En este momento los esclavos se levantan uno a uno, se desprenden de sus cadenas y profieren estas frases lapidarias mientras contemplamos, proyectadas, en el fondo de la caverna, imágenes de guerra, violencia, contaminación, pobreza, malos tratos. Suena una música trágica de guitarra.


Prisionero 1: Es falso que el consumo desaforado nos haga más felices

Prisionero 2: Las guerras no son necesarias, nos alejan del ideal de una humanidad en paz

Prisionero 3: Es injusto que millones de niños pasen hambre.

Prisionero 4: No hay amores que matan. El crimen no puede llamarse amor.

Prisionero 5: Es falso que los organizadores de las guerras participen en ellas, se quedan apoltronados en sus cómodos sillones maquinando crímenes contra la humanidad.

Prisionero 6: Es injusto que la avaricia de unos pocos acabe con nuestros recursos naturales.

Todos los prisioneros: Es falso que nosotros no podamos cambiar nada. El mundo está en continuo cambio y nosotros somos sus artífices.

1 comentario:

Eufrasio Saluditero dijo...

Por fin te has decidido a abrir esta puerta. Enhorabuena, yo lo estaba deseando, tú ya lo sabías. Considero muy acertado este primer artículo, máxime en los tiempos que, dentro de poco, van a correr si no están corriendo ya. Ánimo y saludos...